Fiestas patronales Santos Cosme y Damián

Discurso del Sr. Alcalde

Sr. Párroco, señores miembros de la corporación, amigos y conciudadanos, miembros de esta gran familia que es hoy Monasterio. En su representación, más cordial bienvenida a todos.

Sí puedo asegurar, sin miedo a equivocarme, que, con apellidos diferentes (no muchos: Abad, Corral, Esteban, García, María, Martín), esta comunidad es hoy, a pesar de los grandes cambios acaecidos, como lo fue siempre, una gran familia. Una familia que está desperdigada por doquier, pero que tiene en estas entrañables tierras algo más que sus raíces. Ese algo que hay en todos los corazones de los monasterianos, de los allegados y amigos, que ha hecho posible la permanencia y un cierto resurgir de este nuestro querido pueblo. Ese algo, podemos asegurarlo, es amor inquebrantable por nuestros antepasados y por las tradiciones; apego por estos aires incontaminados y por estas tierras que a pesar de que, a veces, se nos antojen inhóspitas, por su paz y sosiego, nos dan la oportunidad de reencontrarnos con nosotros mismos y con vivencias que, a pesar de las dificultades, no siempre fueron malas, que casi todas las damos por bien pasadas (eran otros tiempos), porque nos enseñaron muchas cosas positivas que nos han ayudado a ir por la vida con el ánimo dispuesto a vencer cualquier dificultad y contratiempo; con el corazón dispuesto a querer y agradecer y la mente dispuesta a recordar esas vivencias con cierta añoranza.

Somos los herederos de aquellas gentes que, durante siglos, escribieron con el paso de sus vidas nuestra historia y nos la fueron legando, generación tras generación, hasta nuestros días. Todos somos conscientes de que les debemos algo.

A todos nuestros antepasados, doquiera que reposen, debemos rendirles, hoy, fiesta mayor, de forma colectiva y mejor que en otro momento, un pequeño pero caluroso homenaje, recordando que nos dejaron un importante legado: nuestras vidas y un mandato: “que seamos fieles a su herencia”.

Con el respeto que nos merece su memoria, ruego unos segundos de respetuoso silencio ... ... ... ... ... y pido, en su honor, un fuerte aplauso. Que su recuerdo, paso y apego por estas tierras nos acompañe siempre.

Permitidme que, a grandes rasgos, haga un sucinto recorrido por la historia de este pueblo y su entorno más próximo: “con anterioridad al año 1000, existió una ermita en un paraje de nuestro término jurisdiccional, en la época en la que se consolidó la independencia de Castilla con Fernán González. Razzias de Almanzor por el Alto Duero y aledaños. Año 1044, fundación del monasterio benedictino de Sta. María de Ablenti. Mártires de los sarracenos, San Februario y San Camilo. Uno o dos años antes había nacido Ruy Díaz de Vivar, el Cid. Posteriormente, fue convento franciscano de “El Veinte”, en su última etapa, de 1441 a 1835. Incendiado por los franceses por haber albergado a la Junta de Defensa de Castilla, Cura Merino ...”

Esta es la historia y los avatares más sobresalientes que conocemos a los que, en cierta manera, estuvo ligado este pueblo, como comunidad estable, desde, aproximadamente, mediados del siglo catorce y que debieron condicionar, sin ningún género de duda, la vida de sus habitantes. Podemos asegurar, sin miedo a equivocarnos, que el gentilicio lo heredamos de los eventos citados y con él, otros valores que, a D.g., aún conservamos. ¡No viviremos de espaldas a nuestra historia!

El nexo de unión más significativo con el convento de “El Veinte”, la romería anual, quedó definitivamente roto y el aislamiento, obligado por su situación geográfica, se debió hacer más patente. Sin duda, de haber perdurado el convento franciscano y con él la devoción que se profesaba, incluso allende nuestra comarca, a la Virgen de los Lirios, el impacto del aislamiento, siempre forzado, del pueblo por falta de comunicaciones viales mínimas, no hubiera existido.

Todos sabemos que para tener una pista y la llegada de la luz eléctrica en los años cuarenta, este pueblo tuvo que hacer un grandísimo esfuerzo económico, sustrayéndolo de otros proyectos, también vitales, y un esfuerzo humano muy grande y desinteresado.

No es de extrañar que nos hayamos sentido, desde siempre, marginados y desatendidos por las autoridades provinciales y comarcales de turno, que no se cuidaron del desarrollo de éste y otros pequeños enclaves provinciales ni de sus genes. No obstante, nunca hemos mirado hacia atrás con ira ni rencor, pero, hoy en día, pretendemos que nuestras necesidades sean tenidas en cuenta y atendidas en la medida que corresponda.

A tenor de lo dicho anteriormente, así escribió, entre otras cosas, un muy estimado y recordado hijo de Monasterio, Fr. Emiliano María Esteban, en la prensa de Burgos, ya hace algunos años, y que resumía, casi de un plumazo, las peculiaridades, las venturas y desventuras, los anhelos de este pueblo, y hacía patente la denuncia de una situación más que lamentable, que se había venido produciendo desde siempre.

“Es uno de los pueblos menos conocidos y más olvidados de Burgos, marginado, durante años; escaso de medios y pobre en recursos; falto de comunicaciones, muchas veces esquilmado en la venta de sus productos e insuficientemente orientado en cuanto a sus posibilidades de futuro; reducido al mínimo por la emigración... Y, sin embargo, uno de los rincones naturales más bellos de la provincia: paraíso del roble negral y el albar, pulmón incontaminado de la serranía, remanso de paz y sosiego; atalaya incomparable para el éxtasis contemplativo de una tierra casi virgen y de un cielo inmenso; fragua que forjó gentes recias, religiosas y nobles como pocas.”

Por fortuna, este aislamiento, forzado y de olvido multisecular, no fueron óbice para que sus gentes tuvieran un carácter abierto y campechano. Gentes voluntariosas, recias, nobles y amantes, como pocas, de sus orígenes y sus tradiciones.

Lo demostramos, año tras año, siempre que podemos y, especialmente, con la masiva asistencia a esta nuestra siempre entrañable fiesta mayor. Nos reunimos todos, como una gran familia: oriundos, allegados, amigos y visitantes, a pesar de las distancias, de las obligaciones y de las pequeñas incomodidades.

Entre todos estamos haciendo que este, nuestro querido pueblo, sea más acogedor, y más confortable para que, a la hora de visitarlo, no encontremos grandes diferencias con las comodidades conseguidas en nuestros habituales lugares de residencia. Todos a una, ayuntamiento e iniciativa privada, lo vamos consiguiendo en la medida que nos lo permiten nuestras posibilidades económicas. Proyectos y ganas de llevarlos a cabo no faltan. Estamos en ello.

Hay ese algo, del que he hablado al principio, que no se puede cambiar ni construir, que soporta las incomodidades, que salva las distancias, que nos trae y nos atrae como un imán, que llevamos y llevaremos permanentemente en nuestros corazones...

¡Hoy estamos de fiesta!

Buen momento para aflorar, durante mucho más tiempo, estos sentimientos y estas reflexiones, pero no debo extenderme más.

¡Felices fiestas a todos!

Un excelente momento para rogar, recordar, compartir, cambiar impresiones, soñar y divertirse... y que, una vez finalizadas, de regreso a nuestros quehaceres y obligaciones de cada día, vayamos con el propósito firme de volver una y otra vez y siempre un año más, a reencontrarnos con nuestras raíces y todo lo que ellas representan en nuestras vidas.

Mientras tanto, que Dios las siga bendiciendo y protegiendo a través de nuestros intercesores los Santos Cosme y Damián.

¡Vivan los Santos Mártires!

¡Viva el pueblo de Monasterio de la Sierra!